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El modus operandi de Jorge Saavedra

Jorge Saavedra

Jorge Saavedra es un ecuatoriano de 45 años que ha utilizado la docencia como fachada para cometer numerosos abusos a los que fueron sus alumnos en todo ese tiempo. La Fiscalía de Pichincha, responsable del proceso legal del caso; aún no descarta que el número de víctimas pudiera ser mayor a 100.

Al momento de su captura el docente ecuatoriano se encontraba trabajando en una institución educativa. Aún la policía no ha dado declaraciones sobre si alguna de las víctimas que realizó las primeras denuncias forma parte de dicha institución.

El profesor ecuatoriano ha estado cambiando su residencia desde hace casi 20 años. Su modus operandi es mudarse de localidad en localidad para no despertar sospechas y evitar denuncias. Ha vivido en distintas ciudades desde Tangua en Colombia, hasta Quito, Ecuador. En las declaraciones dadas por la policía se pudo conocer que su permanencia en cada localidad no era mayor a un año. De esta forma pudo llegar a cometer esa cantidad atroz de delitos sin ser descubierto o denunciado por alguna víctima o familiar.

La manipulación era el arma de Jorge Saavedra

Las declaraciones anónimas de algunos de los adolescentes que fueron víctimas del llamado Monstruo de Pichincha, se puede apreciar que el método que utilizaba Saavedra con sus víctimas era la manipulación. “Se hacía pasar por una buena persona y poco a poco se fue ganando mi confianza hasta que comenzó a tocarme y a obligarme a tener relaciones con él”, relató entre lágrimas uno de los jóvenes.

Las víctimas eran seleccionadas por Jorge Saavedra de manera rigurosa. Fuentes de la policía explicaron que la totalidad de las víctimas que han hecho declaraciones y denunciado son jóvenes provenientes de familias disfuncionales; creciendo en un entorno hostil. “El medio al que son sometidos los adolescentes la mayoría de las veces tiene un impacto importante en su rendimiento académico y capacidad de socialización”, explica una psicóloga asignada por la fiscalía para cubrir el caso y tratar con las víctimas.

Otro adolescente implicado en el caso explica, “nunca he sido un alumno con buenas notas o que destaque en clases; mis padres se estaban separando y el profesor se fijó en que yo no estaba bien. Se acercó a mí para ofrecer sus servicios de clases particulares y apoyo. Yo lo sentí sincero y por semanas lo vi como una figura casi paternal. En ocasiones noté una actitud rara pero no le di importancia. Hasta que un día mientras recibía clases particulares en casa del profesor, metió su mano en mi pantalón y quedé petrificado, no supe qué hacer”.

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